Visita–Variaciones de lo invisible.

Variaciones de lo invisible (2013).

Fue un día sin sol; lúgubre. Caminé intentando encontrar un atajo por entre la maraña urbana. En los cafés, los ejecutivos simulaban discusiones trascendentes y confidenciales. Junto a ellos, sus dispositivos se componían en función de sus jerarquías internas y en virtud de esa supuesta trascendencia y confidencialidad que profesan. Me detuve a observarlos, como quien observa pacientemente la puesta de sol. Eran tres. Dos de ellos se comunicaban utilizando palabras cortas, intercalando sonrisas y carcajadas. El tercero, jamás le quitó la vista a su celular. Al ocaso, aquel absorto personaje pareció recibir aquello que tanto esperaba. Sus compañeros intuyeron el mensaje y acudieron al sortilegio. Ambos, sin decir palabra, tomaron a su vez sus teléfonos y se sumaron al flujo de datos.

Llegué algo agitado al lugar que se me había encomendado. Tengo que escribir sobre una exposición que reside en el edificio de la telefónica, en el centro de la ciudad. Debo reconocer que ese lugar me produce escalofríos (nadie puede construir un edificio con forma de celular). En el mesón de entrada, una dulce señorita me habla con un micrófono integrado a su cabeza mientras digita números en el computador. Creo entender que me dirija al fondo de la sala. Raudo, me dirigí al lugar mencionado. Un extenso entramado de colores se exhibe en suspenso. Sobre el piso, visualizo un sistema electromecánico que parece conferirle movimiento al entramado. Me llama particularmente la atención un micrófono que captura el sonido de unos ruidosos relés. Recuerdo entonces las notas del autor en cuanto a la invisibilidad de las nuevas tecnologías y al ocultamiento de un aparente caos. Al verme tan interesado, por mi espalda se acerco una joven universitaria quien se ofreció para explicarme más. Me comentó que el autor de la obra, Mariano Sardón, había trabajado en conjunto con un equipo de la telefónica, por lo que, todo lo que ahí sucedía, era en tiempo real.

Queriendo indagar sobre este último punto, pregunté por el área de cobertura, a lo que la muchacha respondió orgullosa: “Hemos intervenido todos los procesos tecnológicos que se producen desde que se “levanta” el auricular para hacer una llamada o enviar un mensaje, hasta que el receptor lo recibe y eventualmente contesta dentro de un radio aproximado de dos kilómetros”. Al ver mi cara de espanto, la joven guía me invitó a conocer el resto de la instalación. Entramos en una galería obscura, rodeada por una gigantesca proyección. La iluminación cenital de algunos objetos me indico donde ir. Sentí mucha alegría al ver una máquina de escribir. Me abalancé sobre ella y sin importarme nada más, disfruté el sonido al teclear algunos de mis más profundos pensamientos. Como si estuviese tocando piano, levanté mi cabeza para impregnarme de mi obra. No esperaba encontrarme con que el texto se imprimiese públicamente. Sorprendido y avergonzado me alejé del lugar. A medida que escapaba creí comprenderlo todo; Lo invisible de la obra no está oculto en las cajas negras silenciosas de las telecomunicaciones actuales. Está en el control que las compañías telefónicas tienen sobre nosotros. Está en la supuesta exclusividad y confidencialidad que nos venden, pervirtiendo los derechos mínimos; el derecho a comunicarse y el derecho a la confidencialidad. Quisiera pensar que el fin último de la obra es político.

¡Cuidado con lo que dices y haces, porque ellos lo sabrán!

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